Líneas de trabajo
¿Cómo traducir a archivo una obra que se resiste a la catalogación?
La obra de Ronald Kay vuelve constantemente sobre sí misma. Este movimiento es visible en sus trabajos más paradigmáticos. En Variaciones Ornamentales, por ejemplo, reúne poemas escritos en 1972 que serán publicados recién en 1979. Algo similar ocurre con Tentativa Artaud, una suerte de happening extendido que tiene lugar tras un seminario sobre Antonin Artaud dictado en el Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile en 1974: Kay conserva deliberadamente los registros fotográficos de esa experiencia y los da a conocer décadas más tarde, al exponerlos en el Museo Nacional de Bellas Artes en 2008. Posteriormente, vuelve sobre ese mismo material en La Sangre de Cronos (2017), esta vez en formato audiovisual.
Este gesto de retorno también se manifiesta en Los inéditos de la década de los 60, poemas escritos en esos años pero publicados recién en 2001, así como en Interneteadas, una obra más reciente que adopta la forma de un collage digital construido a partir de capturas de pantalla de su propio archivo y de diversas procedencias. En este contexto, el archivo no opera como un simple depósito, sino como un dispositivo activo que produce sentido en el tiempo. La obra de Kay no solo remite a su archivo: se constituye en él, lo pliega y lo reconfigura, sosteniendo un diferimiento que le es inherente.
El trabajo archivístico convencional —basado en desmembrar, reorganizar, catalogar y separar materiales para dar cuenta de un pensamiento o un discurso susceptible de interpretación— se pone en tensión al enfrentarse a la obra de Ronald Kay. En su caso, ese pensamiento y ese discurso no pueden disociarse del cuerpo en el que se han ido tramando a lo largo de toda su producción.
En el ensayo Trazos de la mirada, retóricas del tiempo. Atisbos sobre Ronald Kay, el investigador Francisco Vega sugiere que son las propias obras de Kay las que se muestran “refractarias a las indagaciones que no consideren las relaciones manifiestas o secretas que ellas establecen entre sí” (Vega, 2019, p. 13). Así, pese a la heterogeneidad de registros y operaciones, es posible reconocer un cierto encadenamiento: una continuidad que atraviesa sus reflexiones en torno a las potencias de la imagen.
Este encadenamiento se manifiesta también en un gesto deliberado y reiterado de postergación y revisita de su propio archivo, que circula como una vena subterránea a lo largo de su obra, abriendo constantemente nuevos significados y nuevas operaciones. La escritura de Ronald Kay puede pensarse como una práctica que desborda y atraviesa fronteras: un espacio donde distintos territorios —la visualidad, la escritura convencional, la fotografía, la naturaleza, la cultura— se ponen en relación. En este sentido, su trabajo se inscribe en una concepción de la escritura como cuerpo: una superficie de inscripción en la que forma y contenido resultan indisociables. Se trata de un cuerpo en devenir, procesual, cuya dinámica produce desplazamientos constantes de sentido.
La inscripción de esta obra en un archivo no constituye, por tanto, una mera operación técnica, sino un problema teórico. Archivar a Ronald Kay implica enfrentarse a una producción que resiste la segmentación, la clasificación estable y la linealidad temporal. En lugar de un sistema ordenado de unidades discretas, emerge una trama de relaciones, recurrencias y diferimientos que tensionan las lógicas archivísticas convencionales. En este marco, la construcción del archivo no puede entenderse como un gesto posterior o exterior a la obra, sino como una instancia que activa su legibilidad bajo nuevas condiciones. Las preguntas por las formas de acceso, organización y clasificación no se sitúan antes de la obra, sino que se producen en el mismo proceso de su articulación archivística.
Así, los problemas —muchos de ellos inéditos— se manifiestan en el contacto directo con los materiales, donde cada documento desestabiliza su propia ubicación y reconfigura el conjunto. El archivo se presenta entonces como un campo de operaciones en el que se escenifica una suerte de catástrofe documental cotidiana: un espacio en el que toda tentativa de orden convive con la persistencia de lo heterogéneo, lo residual y lo aún no plenamente legible.
Archivo Ronald Kay / un orden que desborda
¿Pueden los parámetros convencionales de la archivística dialogar con una obra indisciplinada, heterogénea y fragmentaria como la de Ronald Kay? ¿Cómo poner en valor lo que aún no tiene valor? ¿Se inscribe la obra de Kay en la literatura, la poesía, la teoría o las artes visuales? ¿En qué medida es necesario inscribirla? ¿Cómo dar presencia a su naturaleza nómade? En su trabajo, el pensamiento toma cuerpo, un cuerpo que parece imposible de separar de la forma.
Las materialidades que Kay porfiadamente conservaba buscan resistirse a la clausura como obra completa. El archivo, al igual que su producción, genera una impronta residual: fragmentos y restos que discuten y niegan la totalización de la obra, del autor y del propio archivo. Su potencia reside en esta condición compleja y diferida, en constante reproducción, “en proceso de estar y ser”.
El Archivo Ronald Kay puede pensarse como una escenificación de la reescritura infinita —su Rewriting—, una puesta en escena de la repetición. En el archivo se encuentran por ejemplo numerosos borradores de distintas publicaciones o múltiples versiones de las Interneteadas; en estos casos, la noción de papelera de reciclaje desaparece o se incorpora al propio ordenamiento. Si un archivo digital no está etiquetado, como sucede con las Interneteadas, resulta difícil identificar cuál es la versión final, cuál la imagen inicial o el original. Esta indeterminación no es un defecto: constituye la propia lógica del archivo, que refleja la circulación, la mutabilidad y la potencia de la obra de Kay.
El Archivo Ronald Kay se propone como un espacio de encuentro con el pensamiento y la obra del artista: un lugar donde los documentos no solo se resguardan, sino que respiran, circulan y revelan. Reúne materiales que permiten acercarse a su pensamiento desde fuentes originales, y al mismo tiempo invita a explorar nuevas coordenadas, a revisitar sus ideas y gestos creativos.
No es solo un archivo; es una constelación de relaciones y afinidades. Allí se cruzan vínculos, colaboraciones y diálogos que trazan mapas entre el arte y la literatura, en Chile y el extranjero. Su fuerza está en la heterogeneidad: en la tensión de los materiales, en las capas de tiempo y memoria que contienen. El archivo ofrece un espacio para que otros activen, interpreten y hagan resonar nuevamente la obra de Kay. Conservarla no es su único propósito. El archivo desplaza, interroga y proyecta. En él, la obra de Ronald Kay se reinventa, se expande y se despliega más allá de sí misma.
Creación de la arquitectura
Para llegar a definir los subfondos nos preguntamos por las funciones que despeño durante su vida. A partir de estas respuestas, pudimos identificar la intencionalidad detrás de un agrupamiento documental determinado generado por una misma actividad, estos agrupamientos se constituyeron en Series. Para definir cada serie dentro de los subfondos identificados nos preguntamos: Esa actividad (subfondo) que realizó ¿Cómo la realizó?. A partir de esta pregunta pudimos identificar actividades concretas repetidas en el tiempo.
El Archivo Ronald Kay deviene en una desmesura ordenada y, a la vez, en una ordenada desmesura: un espacio que incorpora lo sobrante, lo impublicable, aquello que excede cualquier forma final. La compulsiva corrección que atraviesa sus borradores —inseparable de la reescritura— se vuelve evidente cuando se articulan y ordenan en conjunto. Esta puesta en escena del archivo constituye, paradójicamente, una negación de la obra acabada: los documentos, ya sean físicos o nativos digitales, no se presentan como originales cerrados, sino como fragmentos en tránsito, en constante reescritura, pérdida y desplazamiento de sentido. Así, el archivo no es un depósito, sino un dispositivo de activación, donde el inacabado se convierte en principio operativo.
La construcción de la arquitectura del archivo exigió formular protocolos y convenciones de lectura propias, conscientes de que estas estructuras podrían ser intervenidas. Cada archivo impone su propia lógica; por ello se habla de ‘arquitectura’ más que de mera clasificación. Esta arquitectura permite articular cuatro pilares fundamentales del trabajo escritural y visual de Kay: Publicaciones, Visualidad, Investigación y Biográfico.
Para definir estos subfondos del archivo nos preguntamos por las funciones que Kay desempeñó a lo largo de su vida A partir de estas respuestas, fue posible identificar la intencionalidad detrás de ciertos agrupamientos documentales generados por una misma actividad; estos agrupamientos se constituyeron en Series. Para definir cada serie dentro de los subfondos, nos preguntamos: ¿cómo se realizó esa actividad específica? Esta pregunta nos permitió reconocer actividades concretas que se repetían a lo largo del tiempo y comprender la lógica interna de la organización documental.
Dentro de estos cuatro pilares hubo múltiples remodelaciones y reordenamientos —lo que puede entenderse como “coreografías archivísticas”—, pero la estructura esencial se ha mantenido intacta. En la obra de Ronald Kay existe una resistencia consentida y significativa a ser sistematizada. La complejidad de codificar la experiencia del sentido se hace patente en el encuentro materializado con los documentos, entre nuestras manos cargadas de afecto y subjetividad.
Digitalización
El acercamiento a las “pieles” de los documentos ha sido un gesto de intimidad con el cuerpo del archivo. Cada pliegue, cada trazo, cada intervención revela la presencia de Ronald Kay, y leerlo es tocarlo con la mirada y el pensamiento. Traspasar estos materiales al mundo digital no ha sido un mero traslado: es un encuentro con los límites de la imagen, de lo visible y de lo real, principios que atraviesan su pensamiento y obra.
Los criterios de digitalización buscan conservar la experiencia táctil y visual: cada fragmento se muestra, se despliega y se ofrece, sin privilegios de página ni de sección. La doble página digital refleja la disposición del original, porque la relación de los elementos en el espacio habla del pensamiento del artista, de su diálogo con los materiales, de su modo de mirar y ordenar el mundo.
Aquí, el archivo se niega a ser reducido. Se rebela ante la uniformidad de las normas archivísticas convencionales y se sostiene en su propia materialidad. Cada documento digital es un espacio vivo, donde lo táctil y lo visual coexisten, donde el archivo se despliega en nuevas dimensiones y revela la potencia del pensamiento de Ronald Kay
Lorena Ramírez Alamo. Directora Archivo Ronald Kay