El vértigo, una lógica. Herencia crítica de Ronald Kay. Por Ana María Risco

Imagen Portada: Pantallazo. 24 Horas, TVN Chile. “Bombardeo a la Moneda”. Youtube. https://www.youtube.com/ watch?v=SIHm8herJZs. El registro original fue realizado por Pedro Chaskel, el 11 de septiembre de 1973.
De la pasión de Ronald Kay por actualizar la incisión de los acontecimientos —ese surco incompleto, siempre entregado a lo “a venir”— nace este libro. Un trabajo monumental, emprendido en los últimos años de su vida y editado con la lucidez del afecto por sus colaboradores: Bruno Cuneo, Lorena Ramírez y Mariana Camelio, con la complicidad de Sandra Gaete.
No era fácil materializar un proyecto así. Este libro registra, en el momento de su máxima madurez y despliegue, el pensamiento de un poeta, un pensador de los medios, de la visualidad americana y de la materia impresa, que marcó a varias generaciones. Más difícil aún era llevar a término el gesto de invertir sobre su propia obra aquella mirada crítica que Kay tantas veces dirigió a sus objetos: retazos poéticos que no circularon, fotografías encontradas, huellas gráficas y cartográficas liberadas de su anacronismo en virtud de sus actos poéticos y editoriales.
No era fácil dar esa reversa sobre los mismos pasos que constituyeron ese pensamiento. Pero tampoco era un acto sin precedentes. En diversas oportunidades, Kay trazó rutas críticas sobre su producción, retomándola y reinsertándose en ella con nuevos ojos. Lo hizo, por ejemplo, al recuperar editorialmente —e inscribir en el archivo visual contemporáneo— la Tentativa Artaud (primera marca de su seminario Signometraje tras el golpe), o al revisar su obra más conocida, Del espacio de acá, cuya histórica entrada en circulación se produjo en 1980.
Evadiendo la datación definitiva, ese libro —Del espacio de acá— no solo tuvo una versión premonitoria en 1979 (en el ensayo N.N. Autopsia), sino también una edición revisada más tarde, a inicios del siglo XXI; una versión extendida hacia 2019, y una última cita contextualizada en este libro, como una capa geológica que se asienta después de múltiples movimientos.
Como advierte Bruno Cuneo en la introducción, La lógica del vértigo compendia el trabajo artístico y teórico de Kay durante la dictadura, en el marco de su docencia en el Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, donde también enseñaban Nicanor Parra, Enrique Lihn, Patricio Marchant, Christian Huneeus y Jorge Guzmán.
Es también una exposición de los mecanismos y engranajes —poderosamente visuales— que conforman su poética. En el apaisado formato de este libro, el trabajo de esos mecanismos se ha estabilizado, tras la muerte de Kay, en tres momentos: el de las imaginaciones, el de las coordenadas y el de los hechos.

Imagen 1: Kay, Ronald. Collage. En primer plano vemos la portadilla de Die Feuerland Indianer: ergebnisse meiner vier Forschungsreisen in den Jahren 1918 bis 1924, de Martin Gusinde, publicado en 1931 en Viena. Pág.4/5
Me sustraigo aquí de esas señas editoriales, que guiarán con precisión a quien inicie su conocimiento de la obra de Kay, para plantear otra manera de abordarlo: la de quien, como yo, cree encontrar en sus páginas una guía a posteriori para moverse en un espacio de escritura encandilador, recorrido una y otra vez en el pasado, a pie y sin instrumentos de orientación. Gracias a esta publicación, esa guía se me hace ahora sensible como una lógica: la lógica del vértigo, en la que muchos fuimos formados por una memorable generación del pensamiento crítico y humanista chileno.
Entre el cúmulo de imágenes “perforadas por el lenguaje” (61) que pueblan este libro, el vértigo adopta, según veo, dos dimensiones. En primer lugar, se trata de un vértigo de tiempos: nacido “del mareo incrédulo, de la distracción que producen los hechos puntuales. Frente a una humanidad ausente” (49). En la prosa de Kay, el vértigo es “el desmayo, el desorden de los sentidos” instaurado tras 1973, “el sordo, ciego e irreprimible fervor” que empujó a unos pocos —despiertos en el colapso— a infestar “las horas sin aire con el hálito de lo insumiso” (49).
No solo por lo impronunciable del horror de entonces quiso Kay experimentar ese presente a otra velocidad, en una especie de duración crítica y diferida, en que fuera posible recuperar en su forma relampagueante la cifra de un pasado largo e impensado. “Los hechos a venir pondrán todo en su punto” (132), dice la cita de Artaud que la Tentativa del año 74 —esa acción corporal y sonora realizada en el ático de la casona de República donde funcionaba el IEH— impecablemente refrenda.

Imagen 2: Empresa de los Ferrocarriles del Estado. Guía del veraneante. Hemeroteca. Disponible en Biblioteca Nacional Digital de Chile https://www. bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/630/ w3-article-620716.html. Pág.82/83
Los registros gráficos y las fases de la Tentativa desplegados en este libro, al ritmo de los paralipómenos de Kay, muestran hasta qué punto lo “a venir” participaba de la naturaleza de ese proyecto, un trabajo confiado en la demora crítica de sus claves de acceso. Desde las escenificaciones del grito artaudiano —por unos cuerpos crispados entre grabadoras, micrófonos, televisores y paladas de arena sobre el radier del ático, a pocos meses del golpe— hasta la exhumación de sus registros llevados a la sala museal y entregados a la mirada colectiva 34 años después, pasando por ese momento de resignificación que produjo la propia historia cuando la casona fue convertida en sede de los aparatos de escucha policial, son hechos que hablan de un acontecimiento indatable, expulsado hacia una significación que solo ocurre después, dejando siempre algo inconcluso para el futuro.
El tiempo avanza también en caída libre, del pasado al presente, en las visualizaciones que Kay realizó junto a Catalina Parra en la revista Manuscritos, editada en 1975. Allí, como un meteoro empujado por una profecía, un objeto irrumpe para enmendar la plana de una época de la inteligencia artística y editorial en Chile. Ese objeto es el Quebrantahuesos, diario mural surrealista de los años cincuenta hecho por Parra junto a Lihn, Jodorowsky y otros, que Ronald y Catalina rescatan de una bodega para reanimar y colocar como sustrato de una poética de la visualización: una poética donde la reescritura, la sobreescritura, el montaje y la puesta en página se vuelven esenciales.
Este libro no solo pone en perspectiva el texto Rewriting, publicado en el número único de Manuscritos, sino también aquellos retazos descartados de Nicanor Parra —restos, excesos, desaciertos, material de reserva— que Kay recuperó y entregó a la posteridad en aquella edición. Junto a esos fragmentos, presenta también lo que fue en su momento el anuncio y la premonición: la serie de poemas tempranos de Zurita reproducidos sobre placa de yeso, igualmente incluidos en el número único de la revista.
Todo esto nos permite observar hasta qué punto las mediaciones, los adelantamientos y los retrasos, los ejercicios de exhumación, reimpresión y replicación se entrelazan con este vértigo temporal que va derivando hacia una lógica en el pensamiento de Kay.
La clave reproductiva se impuso en sus movimientos intelectuales de los años setenta como una forma de eludir la literalidad de los hechos: tanto los que inscribieron la gesta popular del allendismo como los que luego la arrasaron, llevando la página histórica al negro que conocemos. “Apartarse (…) del supuesto realismo de los hechos”, escribió Kay, “significó adentrarse en las precisiones del microsurco, del nitrato de plata, de las ondas electromagnéticas” (479). Es decir, adentrarse en la mediación. Fotografía, fotocopia, imprenta, grabaciones sonoras, cine y televisión ingresaron profusamente a su obra a contar de esos años.
De ello dan cuenta los versos de Variaciones ornamentales, reimpresos también en este libro póstumo. Versos que prescinden de voces subjetivas y se internan en la modalidad automática del lenguaje circulante, en las conformaciones anónimas del habla común, de lo masivo y lo popular. Un libro que anticipa el pensamiento de la reproducibilidad y del retorno traumático de las marcas, que advendrá enseguida como rezago de la crisis.
Pensar la reproducibilidad de la palabra y de la imagen significó para Kay, en diálogo con el artista alemán Wolf Vostell —cuya obra hizo gravitar en Chile, como remarca también este libro—, pensar el tiempo expandido de los acontecimientos: reencontrar la inscripción como marca que abre la diferencia de los tiempos y los espacios. Kay desarrolló a su modo un pensamiento de la huella, y a partir de este organizó una definición inédita de la mirada americana.
Este punto me permite transitar a la otra dimensión que articula la lógica del vértigo: se trata ahora del vértigo espacial.
Las páginas de este libro muestran lo temprano que Kay entrevió los trasfondos cartográficos presentes en la construcción visual de América. Cómo su crítica se dirigió, desde los textos que antecedieron a Del espacio de acá, al ojo aéreo de los aparatos de ver, mapear y diagramar que arribaron a estas tierras con el mundo europeo para acompañar la conquista, y luego apoyar estratégicamente la fundación de aldeas y ciudades. En el libro, esa función clave de los aparatos de ver queda remarcada en la cita visual y poética a Galileo: aquel Galileo que mostró por vez primera, a los ojos de su cultura eurocéntrica y humanista, la Vía Láctea, pero a través de un telescopio.
Por esa sensibilidad técnico-maquínica que atraviesa el planteamiento de Kay —y que lo condujo de los mapas y los trazados proyectivos a las imágenes técnicas, primero, y digitales después—, la matriz pictórica no ocupó un lugar central en su lectura. El principio horizontal de la pintura, como correlato moderno de la visión de un sujeto, y su cualidad manufacturada representaban para él la perpetuación de unos mitos occidentales que la economía reproductiva de la expansión colonial vendría a modificar. “La naturaleza medial —el environment_— de las técnicas de reproducción, configura el sentido de nuestra actual percepción y en definitiva, es la percepción”, escribió. “No es un trasfondo, sino el interior desde el cual el destino se decide nuestro” (479).

Imagen 3: Kay, Ronald. Signometraje: la puesta en escena, 1974. Fotografía. Colección personal.
Las imágenes técnicas, que tienen un lugar principal en el libro que presentamos, recuperan los caminos de esa expansión reproductiva. Caminos que se revelan en piezas clave del repertorio visual de Kay, como la cosmografía de Waldseemüller —que mostró de manera inaugural el perfil de las tierras americanas—; las fotografías de Gusinde —que vieron por vez postrera el aura en el cuerpo de los habitantes fueguinos—; y, junto a ellas, registros de excavaciones, trazados urbanos y vías de ferrocarril como los que se encuentran en la Guía del veraneante, ese precioso objeto visual producido por Ferrocarriles del Estado de Chile, que Kay estudiaba cuando el trabajo debió interrumpirse.
El peso de la meditación en torno a la construcción visual del territorio americano subyace también en sus visiones y alumbramientos en torno a las artes visuales que le tocó ver desplegarse en dictadura. En su modalidad argumental a través de imágenes, este libro demuestra que no se puede pensar la intensa relación que unió la escritura de Kay a la obra de Eugenio Dittborn —cruzada también por una poética del mapa, el desplazamiento y las distancias entre mundos—, ni las colaboraciones de Kay en V.I.S.U.A.L., ese colectivo editorial que tanto aportó a la Escena de Avanzada, sin tener en cuenta la amplia coordenada espacial, esa mirada aérea sobre las tierras americanas que movía desde dentro su poética.
Dos dimensiones, entonces, constituyen el vértigo de este libro, trenzadas como una lógica que es también una herencia para quienes seguimos en la caída, precipitados sobre las geografías pensantes, los desiertos, los mares y los nudos cordilleranos del espacio “de acá”.
Y así como lega ese vértigo, en algún punto este libro comienza a ser también la experiencia de su sedimentación: la absorción en este suelo de los vínculos que Kay trazó con su entorno, transitando entre el recuerdo atroz de la máquina nazi y la actualidad del aparato represivo de la dictadura; entre el español y el alemán; entre Hamburgo y San Carlos de Coliumo; entre Constanza o Wuppertal y Santiago de Chile. Diálogos que supo entablar con una poderosa hebra del movimiento Fluxus y la neovanguardia internacional —en la que se alinearon figuras como Beuys o Vostell—, así como también con esa línea vertebral de la poesía chilena contemporánea constituida por Mistral, Parra, Lihn y Zurita. A ello sumó su decisivo encuentro con las imágenes nómadas de Eugenio Dittborn y su soterrado intercambio con una constelación de pensadores de la huella, la archiescritura y la reproducibilidad, desde Benjamin hasta Derrida.
Este libro atesora esos mundos, conjugados a una hora precisa por Ronald Kay, en esta coordenada del espacio que, a partir de sus señales e iluminaciones, resulta más una inspiración que un infortunio reconocer como nuestra.
Ana Maria Risco Doctora en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte, Universidad de Chile.
»Este texto fue presentado el viernes 29 de agosto del 2025 en la Sala América de la Biblioteca Nacional, en el marco del lanzamiento del libro La lógica del vértigo«