Biblioteca
La Biblioteca de Ronald Kay / Un orden que desborda
Desde una perspectiva poscustodial —que entiende el archivo como un espacio nunca neutral, y por tanto reconoce que la práctica archivística tampoco lo es—, el trabajo desarrollado en el Archivo Ronald Kay se ha propuesto reflexionar sobre nuevas formas de archivar y visibilizar, ampliando el campo de gestión de los archivos personales.
Nuestra hipótesis sostiene que tanto la biblioteca como la mediateca conservadas por Ronald Kay no constituyen un apéndice aislado, sino que forman parte de un entramado de referencias visuales, literarias y teóricas. En este sentido, deben ser consideradas y estudiadas como parte integral del corpus documental de su archivo. Los libros, así como las colecciones de discos, películas y casetes, no solo acompañan su obra, sino que dan cuenta de la constitución de su pensamiento, integrándose plenamente al cuerpo de trabajo que Kay desarrolló en vida.
Trazar cruces no solo entre el contenido de las referencias bibliográficas y audiovisuales de Ronald Kay y su cuerpo de obra, sino también considerando la distribución espacial y conceptual de su biblioteca, resulta un aspecto decisivo al momento de aproximarse a su trabajo artístico e intelectual. En sus materialidades se aloja una potencia latente, que permanece en suspensión y se activa al propiciar revelaciones inesperadas e impredecibles sobre su obra. Esta no se presenta como un conjunto acabado, sino como un campo en permanente intervención, abierto a nuevas conexiones, así como a procesos de producción, mutación y reproducción desde y con su propio archivo y su biblioteca. En este contexto, la ordenación de la biblioteca —su disposición en los estantes— en relación con un catálogo convencional, sistemático o temático, se presenta como un desafío significativo.
Pensar la incorporación de la biblioteca de Ronald Kay como parte inseparable de su archivo implica, a su vez, replantear las formas categoriales desde las cuales se visibilizan su obra y su pensamiento. La constitución de su biblioteca ocupó a Kay a lo largo de toda su vida y se configuró como una obra en sí misma, a la que dedicó una energía sostenida. Sus libros no eran ordenados según criterios alfabéticos, propios de las grandes bibliotecas, sino de acuerdo con sus intereses y sistemas de pensamiento, hasta el punto de modificar su disposición cada vez que variaban sus métodos de investigación.
De este modo, ideó un ordenamiento de carácter más bien circular: hizo de su biblioteca una imagen laberíntica de sí mismo, un atlas que, en la estela del historiador del arte Aby Warburg (1929), permanece a la espera de su exposición. En una casa del barrio Bellavista, Kay disponía en una habitación dos estantes destinados al archivo. En ellos ordenaba y revisitaba los documentos que había acumulado a lo largo de su trayectoria entre 1962 y 2017, período en el que se desempeñó como poeta, teórico, gestor, artista visual y traductor. Este material fue trasladado desde Chile a Alemania y posteriormente de regreso a Chile.
En ese mismo espacio se encontraba su biblioteca, compuesta por alrededor de cinco mil libros en seis idiomas. Construida durante más de treinta años, principalmente en Alemania, fue trasladada a Chile en 2015 en un contenedor; por esta razón, gran parte de los títulos no se encuentran disponibles en Latinoamérica. Kay concibió su biblioteca desde una perspectiva visual: diseñó y construyó anaqueles de un color particular, detenidamente elegido, para instalarla junto a su archivo, configurando ambos como una suerte de exposición permanente.
La biblioteca da cuenta de los recorridos intelectuales de Ronald Kay, de sus lineamientos curatoriales y de la organización de su pensamiento. Sigue el hilo de una secuencia dúctil de libros y se configura como su principal instrumento de trabajo: un espacio donde todas las relaciones son posibles. Las decisiones de proximidad no son arbitrarias. Kay establece vínculos precisos al situar, por ejemplo, a Antonin Artaud junto a Jean Genet y Walter Benjamin, en una lógica que puede pensarse en relación con la “ley del buen vecino” evocada por Aby Warburg.
Se trata de una biblioteca viva, que invita a dejarse arrastrar por sus corrientes, a la vez fértiles y peligrosas. En la trama de su ordenación se reconoce una secuencia material concreta, pero también una red de relaciones que excede lo visible. Los libros no son únicamente objetos de estudio: su disposición —qué libro se sitúa junto a otro— abre posibles conexiones, sugiere sentidos inesperados y puede ejercer una influencia incalculable en quien la recorre. El orden, en este contexto, no es neutro: contiene una filosofía. Su comprensión exige adentrarse en los problemas que ese mismo orden plantea y en las relaciones que hace emerger.
Indagar en la compleja temporalidad del archivo se vuelve clave para pensar las condiciones futuras que ya se encuentran inscritas en las materialidades de Kay: documentos y libros. El investigador Javier Guerrero sugiere que tanto el cuerpo como el archivo pueden entenderse como “materias plásticas en el tiempo, cuyo porvenir ya está inscrito/escrito en él” (Guerrero, 2022, p. 26). En este sentido, tocar la piel del archivo y la de la biblioteca activaría, simultáneamente, las “íntimas relaciones entre cultura visual, cultura material, cuerpo y archivo” (p. 35). En palabras de Ana María Guasch, el archivo sería “un punto de partida, no un punto final”, operando en un tiempo diferido: “no es una réplica del pasado ni una huella del futuro, sino una impresión material y plástica del porvenir” (Guasch, 2011).
Desde esta perspectiva, trabajar con el archivo y la biblioteca no implica continuar la linealidad de la obra, sino desplazarse hacia otras competencias y materialidades: nuevas formas de hacer, un vocabulario y una sintaxis propios, así como prácticas y experiencias específicas. Se trataría, como señala Guerrero, de una “nueva especialidad” que requiere coordenadas particulares capaces de dar cuenta de cómo, dónde y quiénes producen las narrativas de archivo, y bajo qué condiciones —materiales y arquitectónicas— estas se configuran.
De este modo, esta propuesta coincide con la investigadora Paz López, quien sostiene que uno de los rasgos característicos del trabajo de Kay es “poner en estado de experimentación las formas estables del saber” (2019, p. 24).
Al igual que Aby Warburg, Kay estudió y revisitó de manera persistente la obra de diversos autores que operaron como guías teóricas a lo largo de su trayectoria como artista y pensador. En la búsqueda de nuevos territorios creativos, su trabajo se vio intensificado por la observación del teatro de la crueldad de Antonin Artaud, así como por el pensamiento de Walter Benjamin, Martin Heidegger, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud, Stéphane Mallarmé, Friedrich Hölderlin y Marcel Proust, entre otros. A ellos se suman las prácticas artísticas de Wolf Vostell y Joseph Beuys, así como la poesía y el cine de Pier Paolo Pasolini. Estas referencias operan como verdaderos pararrayos para transitar la vida y el pensamiento. ¿En qué consiste, entonces, esa fuerza —ese “hálito de mago”— que sutilmente unía los libros en los estantes?
La constelación de libros e imágenes provenientes de múltiples disciplinas —filosofía, religión, ciencia, medicina, antropología, sociología, historiografía, historia del arte, arquitectura, literatura, poesía, así como tradiciones de Grecia, Roma, pueblos originarios y cosmovisiones de América y Oriente— resulta esencial para los fines de Kay. Su metodología se funda en la articulación de campos diversos del conocimiento, en una práctica de montaje que activa relaciones inesperadas.
En este sentido, resuena la reflexión de Fritz Saxl, colaborador de Warburg, quien en el discurso pronunciado en su funeral en 1929 señalaba que en su biblioteca “estaban todos los instrumentos necesarios para levantar una mansión espiritual propia”. No se trata de una mera colección de libros, sino de una colección de problemas: una biblioteca destinada a ejercer una influencia.
Como advierte Salvatore Settis, toda descripción de una biblioteca resulta insuficiente frente a su experiencia viva. Recorrer los lomos de los libros, dejarse guiar por las “buenas vecindades”, implica seguir un itinerario mental que no solo reconstruye una obra, sino la forma misma en que un pensamiento se organiza y se despliega en el tiempo. En Warburg-Continuatus. Descripción de una biblioteca (2010), Settis señala todos los escritos sobre Aby Warburg prestan especial atención a su biblioteca, una observación que bien podría extenderse a lo que sucede con la biblioteca de Kay. En palabras de Settis:
»Ni hoy ni probablemente nunca ninguna descripción de la biblioteca (por útil y urgente que nos parezca) podrá sustituir la experiencia viva de quien la usa, de quien recorre el lomo de los libros en los estantes, de quien se atiende, gracias a la suma de buenas vecindades, a un itinerario mental que reconstruye no ya la historia de Aby Warburg, sino la forma que tomó su trabajo cotidiano de los últimos años y que, desde entonces hasta hoy, constituye una larga fidelidad’ (Settis, 2010, p. 28)«
Lorena Ramírez Alamo. Directora Archivo Ronald Kay